Lo que aprendí después de 10 días en un retiro de silencio

Lo que aprendí después de 10 días en un retiro de silencio

Hoy en día, el mundo parece más ruidoso que nunca. En un intento por escapar de ese zumbido constante y abrumador, un escritor crónicamente sobreestimulado decidió reservar un retiro de silencio —sin leer ni escribir— para pasar 10 días en contacto con su propia mente. Fue entonces cuando comenzó el verdadero ruido…

Escapar del ruido

Mi viaje hacia el retiro de Dhamma Dharā comenzó siete años atrás, cuando entré en una librería y escogí The Miracle of Mindfulness, del monje budista Thich Nhat Hanh. En el libro se explica qué es la atención plena: la conciencia sin prejuicios sobre los propios pensamientos, sensaciones y sentimientos. Es el acto de observar tu mente sin desear cambiar lo que es. También aporta instrucciones para meditar, que es el entrenamiento para tener una atención plena. Con práctica, afirma el libro, puedes trasladar tu atención plena al mundo real para afrontar las frustraciones del día a día con generosidad, y así encontrar la paz y la alegría eternas. Al principio, meditaba 10 minutos por la mañana con la ayuda de aplicaciones. Empecé a leer más sobre budismo, asistí a un retiro de dos días en el Zen

Mountain Monastery, al norte de Nueva York, y realicé un curso de ocho semanas para disminuir el estrés mediante la atención plena. En mi punto álgido de la práctica era capaz de meditar durante 45 minutos al día, seis días a la semana. A principios de este año, los días se fueron complicando y mi práctica disminuyó. Cuando tienes muchas cosas pendientes, hacer algo que se parece a “no hacer nada” puede parecer contraproducente. A eso se le sumaba la estimulación constante y el ruido que produce vivir en Nueva York. No permitía que mi pobre sistema nervioso central se relajara y, como consecuencia, un nivel de ansiedad permanente se instaló en mí. Necesitaba empezar de nuevo. Había querido probar un retiro de larga duración desde que empecé a practicar la meditación. Recordé que un amigo mío había vuelto de uno que le había parecido muy potente. Me apunté. Un día de finales de abril, llegué a una propiedad enclavada en un bosque al oeste de Massachusetts. El centro, que abarca unas 43 hectáreas, cuenta con largos pasillos de dormitorios (hombres y mujeres separados), una sala de meditación para 200 personas (compartida por ambos sexos, entrando y saliendo cada uno por su lado), un comedor, una pagoda con 140 celdas y unos cuantos senderos naturales. Después de registrarme, me mostraron mi habitación individual con paredes lisas, estanterías, una cama y un baño. Luego, rellené un papeleo inquietante, en el que tenía que repetir parte de la información que había puesto cuando solicité el curso meses antes: ¿Estaba sano mental y físicamente?, ¿podía comprometerme a estar aquí los 10 días?, ¿qué esperaba obtener?, ¿con quién debe ponerse en contacto el centro en caso de emergencia (léase: un brote psicótico)? También teníamos que confirmar si estábamos dispuestos a completar el retiro en “noble silencio”, es decir, silencio de palabra, mente y cuerpo: sin leer, sin escribir y sin comunicarnos con ningún otro meditador. Unas horas más tarde, cuando nos dijeron que no podíamos tener ninguna interacción con “el mundo exterior”, me pregunté si me había unido a una secta.

Dolor y placer

El primer día nos despertó el toque de un gong a las cuatro de la mañana. Así empezaba un día que incluía más de 10 horas de meditación, con descansos para comer en silencio y charlas nocturnas que explicaban la filosofía tras la técnica de meditación vipassana que practicaríamos. Cada persona debía asistir a tres sesiones grupales de una hora al día en una sala de meditación cuyas ventanas estaban bloqueadas de modo que siempre permanecía en penumbra, iluminada por focos de color naranja amarillento. Durante las otras siete horas de meditación, podíamos estar en la sala o volver a nuestras habitaciones.

A las nueve de la noche volvíamos a los dormitorios para dormir. Es el mismo horario que se sigue en los 240 centros de retiro donde se enseña y practica la meditación vipassana, el método de Buda. Todos los retiros son gratuitos, financiados con donativos. Los centros fueron creados por S. N. Goenka, un empresario de Myanmar que descubrió la meditación vipassana para aliviar sus dolores de cabeza. Murió en 2013, pero un audio grabado con su profunda voz nos instruye durante las sesiones grupales y vemos vídeos suyos durante los discursos nocturnos. Las otras dos únicas personas que hablan son dos profesores, disponibles dos veces al día para quienes tengan dudas sobre el método.

El término vipassana se traduce como “meditación de introspección”. Es un método que cuenta con tres pasos. Goenka los explicaba en sus charlas. El primero consiste en el sīla, la conducta moral: nos debemos comprometer a no robar, matar, hablar en falso ni mantener relaciones sexuales durante los 10 días del retiro. Una mente moral, según la creencia, es una mente tranquila, y se necesita una mente tranquila para alcanzar el samādhi (concentración), el siguiente nivel en el camino de la introspección. Los tres primeros días del retiro los pasamos alcanzando este estado mediante la respiración anapana, que consiste en observar la respiración entrando y saliendo por nuestra nariz. Después de tres días de respiración anapana, empezamos a practicar el escaneo corporal, que llevaríamos a cabo durante el resto del retiro. Consiste en pasar nuestra consciencia como si fuera un escáner por cada parte del cuerpo, de la cabeza a los pies. Goenka nos avisó que experimentaríamos una sensación intensa en algunas partes del cuerpo, como rigidez o dolor de espalda, mientras que otras partes experimentarían sensaciones sutiles, como sudor en la parte trasera del cuello o el tacto de la tela en la piel. Al escanear nuestro cuerpo constantemente durante siete días, nos daríamos cuenta de cuántas sensaciones diferentes hay en nuestro cuerpo. Esto nos llevaría al último paso del camino, paññā, o sabiduría, que nos permitiría ver la visión última: que solo existe la impermanencia (aniccā). Esta trayectoria, que va de sīla a samādhi y a paññā, conforma el Noble Camino Óctuple del Budismo, la enseñanza que Buda aportó para que las personas encontraran el camino para salir del sufrimiento y alcanzar la iluminación.

El primer día me quedó claro que el retiro iba a ser más difícil de llevar físicamente de lo que había previsto. Esperaba que mi mente divagara y que la quietud me resultara mentalmente desafiante, pero no me había dado cuenta de lo incómodo que es estar sentado sobre un cojín de meditación con las piernas cruzadas todo el día. Nos sentábamos durante una hora seguida antes de que nos dieran un descanso de cinco a 10 minutos. Durante los primeros 15 minutos, sentía presión en las rodillas y los glúteos. A los 30 o 40 minutos se volvía insoportable. Salía de la postura estirando las piernas para aliviar la tensión de las articulaciones. Tal y como lo explicaba Goenka, es la oscilación entre lo agradable y lo desagradable lo que crea nuestro sufrimiento. Sufrimos porque perseguimos lo que nos hace sentir bien y huimos de lo que nos hace sentir mal. El problema es que nada permanece. Lo que nos aporta placer, al final nos hace sentir dolor, y viceversa. Así nos encontramos atrapados eternamente en ese círculo vicioso. La meditación vipassana, nos dijo, proporciona una salida al enseñarnos a permanecer con cada sensación, buena y mala. En lugar de intentar moldear el mundo para tener más de lo que queremos y menos de lo que no queremos (ansiedad), deberíamos cambiar nuestra forma de relacionarnos con las sensaciones. Este es el objetivo del escaneo corporal. Cuanto más ponía el foco en mi cuerpo, más sensaciones empezaba a notar. En contraste con el dolor de las rodillas, empecé a sentir un agradable cosquilleo por los brazos y las manos. Algunas personas afirman tener la sensación de estar compuestos totalmente de luz. Es normal que pienses que el “objetivo” del retiro es cultivar esas sensaciones, pasar de las dolorosas e intensas a las que son agradables y sutiles. Lo verdaderamente importante, sin embargo, es darse cuenta de esta inclinación a querer pasar de lo “malo” a lo “bueno”, y en su lugar practicar la ecuanimidad. No se trataba de encontrar la paz, sino de aprender a lidiar con todos los sentimientos. Recuerdo una sesión al tercer día en la que me dolía tanto la pierna que me empezó a temblar. Era consciente del temblor, pero me sentía totalmente desapegado. Sentía que no era “mío”.